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domingo, 27 de mayo de 2018

Diario de una hipo: 50 microgramos de madre, una furgoneta de tiroxina y la “teoría del caos”.


Es lo que pasa. De la “teoría del caos” no tengo ni idea, pero de su práctica, lo que queráis.

Me llevo fiambrera al trabajo, como deprisa y camioneta al hospital, a 30 Km. de la ciudad.  Veo un cartelito en una ventanilla del autobús al bajarme. No me paro a leerlo.
Avanzo varios centenares de metros por el interior del hospital, con las instrucciones de recepción y de mi cuñada en algún lugar del cerebro. Las máquinas de café me saludan con alegría con sus luces por los pasillos desiertos.

La ambulancia de mi padre, que no llega. Mi hermana, que está con ellos: “Habla con el especialista, a ver si puede esperarnos”. Media hora después, aparece una enfermera con “pijama” amarillo. Hablará con el médico.

Treinta minutos después, hablo con mi madre: “Nada, tu hermana a reclamar y aquí no aparece nadie.” La enfermera viene directa hacia mí: que el médico quiere habla conmigo, en cuantito salga un paciente. La veo salir por la única puerta iluminada, que debe dar a otro pasillo sin final. Me da que está atendiendo a varias consultas simultáneamente.
Me pongo en modo de espera, como una centinela, delante de la única consulta ocupada de las ocho que tiene la zona. Todo está a oscuras, menos el exterior, donde aún es de día, y mis amigas las máquinas de café, con sus botellas de agua gigantes y más cosas iluminadas.

Rememoro la tarde anterior, cuando recorrí otros 50 Km. para acompañar a mi madre mientras mi hermano se quedaba con mi padre; dejó el bolso atrás y arrancó el coche conmigo al lado. Es un escaso kilómetro por la antigua nacional.
- A ver si puedo aparcar.
-  Mamá, deberías pensarte lo del coche. 
- Divinamente, hija. Para venir hasta aquí, de sobra. Cuando vea que no puedo conducir, lo dejo.
Dimos un par de vueltas a la rotonda: 
-  Pues no hay sitio. Voy a probar arriba
¿”Arriba”?, pienso yo. Pues hay una buena cuesta. Y es dirección contraria…
- No, hija: “encima” de la acera… 
-  Pero… ¿puedes? 
-¡Hombre, claro! Me conocen los municipales, el del supermercado, los de la farmacia….

Casi grito que frene cuando la acera acaba en escalón y hay una furgoneta de frente aparcada. Debo exagerar, porque el individuo apoyada en ella nos miró pero hizo como que no se inmutaba. Menudo salto habría dado yo.     

- Hala, hija, a ver si no tardamos mucho… Oye, ¿no me estarás ocultando algo, no?
Le explico que no, que mi tiroides andaba un poco bajita y por eso estaba más cansada. Que me han subido un pelín la tiroxina, y ya. Me ahorro contarle las tres semanas que no daba pie con bola, la tensión parecía por los suelos y no remontaba. “Ahora” me siento mejor.

Ahora llama mi hermano, incrédulo: “¿Y cómo has llegado hasta el hospital? ¿Y a tu casa, cómo vuelves? Hay huelga de autobuses…”
Vaya, eso explica el cartelito del cristal, el que no leí. Puede que viese algo de “Servicios mínimos”. La suerte que tengo.

El último paciente de la sala de espera sale de la consulta. Oteo entre la puerta entreabierta, y llamo con los nudillos. El médico ya sabe quién soy: la consulta acaba en quince minutos. No va a llegar la ambulancia. Hablamos sobre el estado de mi padre y prepara una nueva cita.

Son casi las 9 de la noche, hora peligrosa para coger el que puede ser el último autobús a la ciudad. Me pongo “en modo comando” y recorro los interminables y solitarios pasillos del hospital a toda pastilla (nunca mejor dicho). Las referencias propias y de mi cuñada me colocan justo en la salida más cercana a la parada de los autobuses.

Y sí, hay un autobús. Y sí, mi instinto me dice que es “el mío”… Paso de la acera a un trozo de tierra, y corro hacia el pequeño  talud que me separa del autobús. 
El zapato resbala y miro al conductor. Sé que va a arrancar. Ni un metro me queda a la puerta del bus… El hombre mira al frente, pero la puerta se abre. Le doy las gracias y subo; detrás se oyen otras voces de mujer: -¡Espere! ¡Espere!
El conductor hace un gesto contrariado… pero espera. 
Ya estamos todas arriba. 

Diez y media y en casa. Notita en la nevera: “¿Puedes echarle un vistazo al router? No funciona. Ni se enciende, ni nada.” 
Uhm…
Dejo la impedimenta por ahí y me acerco “al bicho”. Hay que fastidiarse. Aprieto todas las clavijas visibles: nada, no enciende.
Cojo el primer cable y lo sigo. No puedo tener mayor suerte: el enchufe está sobre la mesita.

Me pongo “gallita”: 
- Aquí el servicio técnico. Ciento cincuenta euros me debes… ¿El qué? Pues que estaba desenchufado. Sí.
Mi parte contratante: -Ah… pues ha debido ser cuando han venido los de la comunidad a lo de la terraza… Han debido desenchufar el router para enchufar un taladro…

¡Ja!
¡La “teoría del caos” se esconde en un enchufe!



viernes, 30 de diciembre de 2016

Diario de una hipo-pótama (5). Navidades, tiroideas y máquinas de coser.


Navidades.
Fiestas. Familia.
Pues sí.
Familia.

No preguntéis: acabé durmiendo la Nochebuena con mi madre.
Como lo leéis. 

Son cosa de la intendencia de las fiestas, el mal menor: había que elegir entre montar un lío de camas y sofás para que cupiésemos todos, mover a mi padre de su cuarto, que casi se nos pierde para ir al baño que lo tiene enfrente… o sacrificarme yo, cual Helena de Troya.
Preferí Troya, claro. 

Omito detalles. Sólo diré que, cuando alcancé la cama, mi madre dormía como un afilador que duerme pero bien.
Con los cascos puestos. Con la radio a toda pastilla.
Hice malabarismos para no despertarla, que dice que duerme mal. Agarraba el aparatito de marras como si fuese la llave que abre el Banco de España. Al final, acerté (con máximo sigilo) a desconectar los cascos e incluso a dar con el off del bicho.

Y todo fue bien. Hasta las 6 de la mañana.
La gata decidió que ya era hora de confiar en mí e intimar, y colocó sus kilillos en mi espalda, que se ve que estaba calentita.
Mi madre no se movió, pero habló: 
-¿Estás despierta, hija?
-No.

Estrella de Navidad de Lola Derek



-He dormido fatal –me dijo tras oírme trastear con unas estupendas galletas María.
En nada, ya estaba en forma, repitiendo por enésima vez historias familiares. La dureza de la vida en el campo, la falta de medios. Marchar a Madrid, donde conoció a mi padre...

Pero en medio de los lugares comunes, más de 50 años después de mi nacimiento, conocí otro dato de la boda de mis padres: una máquina de coser.
Sí, la dote, unos miles de pesetas que hoy no alcanzaría para el fin de semana de muchos, se completó con una máquina de coser. Esa máquina de coser que he visto desde pequeña. Esa máquina que soy incapaz de poner en marcha sola, y más vale que me espabile, porque mi madre está más cerca de los 90 que de los 80.

Mi madre, mujer inteligentísima que debió haber estudiado.
Pregunté tímidamente si con el dinero de la máquina de coser (y la dote) no habría podido estudiar.
Tardó en responder. –Mi tío [y aquí siempre cita a un hombre que fue una institución en la familia] quería llevarme con él a Barcelona, pero…

Luego pasó cortar el queso, preparar la mesa, vigilar el horno, los niños… la Navidad.
-¿Lo tuyo no es cáncer, no? No me lo estarás ocultando…
De vez en cuando saca el tema, para asegurarse.

Y yo vueeelvo a decirle que no, aunque sé que me entendió perfectamente el primer día que le expliqué mi hipertiroidismo; a pesar de los 15 milicuries de Yodo 131; a pesar de que lo ha mirado todo-todo en su enciclopedia.

Aunque le diga que ¡por fin!, después de 15 meses, la TSH, la T3 y la T4 se han puesto de acuerdo y han firmado un pacto, sí: las tres, por primera vez, están en límites normales. Veremos en cinco meses...

El año termina; es sólo una ilusión de tiempo.
La vida continúa.

Seamos optimistas.
No preguntéis.

Incluso, tal vez, no luchéis.


Estrella de Navidad del blog "Guía de Manualidades"


Me pareció divertido titular estas entradas así, "Diario de una hipo-pótama", creyendo
que hipopótamo venía del griego hypo (debajo) y potamos (río).
Algo así como debajo del agua, que es como nos sentimos las mujeres
muchas veces (en temas de salud, p.ej.)
Pero no: viene de hippos (caballo).
O sea, que me siento como un caballo de río.

lunes, 16 de mayo de 2016

Diario de una hipo-pótama (4). II. Nuestra química se mueve.


Me contó, angustiada, que sentía que todo lo hacía mal. Que quería a su marido pero que no sabía "qué hacer con él" (textual, y no hablábamos de sexo). Que era malvada (por definición, se ve). Que estaba a punto de explotar. Que... 
Sólo le faltó decir que lo de la capa de ozono también era cosa suya, pero creo que no se le ocurrió. Hablo de una mujer con formación en Químicas, ojo.
Yo, que tenía un día tirando a lúcido, le pregunté por cómo llevaba la menopausia, que si los cambios hormonales, "picos", y tal y tal. Que no todo son sofocos, ni mucho menos. 
Uy, firmaba ya.

¿Os acordáis de vuestra primera regla? Me llevé un susto de muerte; la explicación de mi madre fue penosa (y prefiero no repetirla).
Encima, no podía ir a la piscina. Mojarme. Me daría un patatús sin remedio.



Una vecina lo acabó de arreglar: "Bueno, no puedes ir a la piscina unos días, pero podrás tener bebés cuando seas mayor."
¿Y para qué quería yo tener bebés? Yo quería ir a la piscina. 


Todo esto me hizo recordar un artículo de 2010 titulado "Aspectos psicológicos de la menopausia", que empecé a leer con mucha fe, pero que fundamentalmente se centraba en la parte más bioquímica y no tocaba, curiosamente, los "aspectos" del título que sin duda nos habrían interesado mucho más a las mujeres de cincuenta años:
"El proceso de envejecimiento humano comienza muy temprano en relación a la duración cronológica de la vida (...) El receso psicobiológico de deterioro inicia después de los 25 años."
"Los aspectos psicológicos en la menopausia pueden dividirse en tres grandes grupos: el primero relacionado con síntomas vasomotores (VMS), los propiamente derivados de la carencia de hormonas a nivel cerebral y los sociopsicológicos."

Los estrógenos en condiciones normales participan en los mecanismos relacionados con la termorregulación, el apetito y la tensión arterial, mientras que la "progesterona tiene un efecto negativo en el ánimo, aumenta la irritabilidad y la disforia."


Efectos de los estrógenos. Gráfico: www.elsevier.es

"Los bochornos se deben a la disminución de hormonas y su fluctuación en el cerebro (...) Existe una correlación muy alta entre los bochornos y los problemas en el sueño (...) afectan el estado de alerta durante el día, hay menor actividad mental (...) cansancio, irritabilidad ...) disminuyen el flujo cerebral en el hipocampo, lo que provoca problemas de memoria y cognición.

Las alteraciones del sueño que provocan los bochornos en la primera mitad de la noche "es fundamental para la memoria (...) La deprivación del sueño altera la memoria verbal."
"Las mujeres (...) describen el enojo como la sensación de estar "a punto de explotar", deseos de gritarle a otros, irritable si las tocan, sentirse fuera de control, sentirse que el enojo "las invade" (...), una mayor sensibilidad a los ruidos, en tono y volumen, coraje con ellas mismas, pérdida de control, tensión en todo el cuerpo (...) Poco tolerante al menor estímulo y comportamiento hostil (...)"

Personalmente, en el párrafo siguiente tengo las de ganar, entre la menopausia y las TSH, T3 y T4:

"Los síntomas físicos son fatiga, pérdida de energía, insomnio, ganancia o pérdida de peso, palpitaciones, mareo (...) indigestión, diarrea (...)"

"Los síntomas relacionados con el comportamiento se manifiestan en la incapacidad para concentrase, una pobre memoria (...) una reducción de la productividad (...)"

Yo, que recordaba los nombres y apellidos de mis 35 ó 37 compañeras de clase en el Instituto.



Síntomas de menopausia. Gráfico: www.muy mujer.es


domingo, 8 de mayo de 2016

Diario de una hipo-pótama (4). I. Quiero ser una perrita de aguas.

Fotografía: Seth Casteel

Pues iba yo tan contenta y feliz a la clase de aquagym, pero ya no quedaban plazas.

Así que miré los horarios, y decidí esperar una media hora a que empezasen unos ejercicios de hipopresivos con una fisio que los hace muy bien, y mientras, trastear un poco con los aparatos de la zona común del gimnasio (o sea, para torpes y principiantes, como yo). Y hacia allí me encaminé, con paso y porte atlético.

Alguien me llamó y me abrazó efusivamente. Se trataba de una compañera de un grupo de senderismo, con el que habíamos realizado numerosas travesías, algunas inolvidables, hacía… pues casi, casi, treinta años. No nos veíamos desde entonces.
Detrás venía la fisio de la que os hablaba, una mujer joven muy madura para su edad, con un radar en la mirada que da escalofríos; nos reímos las tres, por el encuentro y la oportunidad de la casualidad. Mi amiga me daba en el brazo con la mano, y le decía a la fisio que yo era de las fuertes, que aguantaba, que qué cosas había hecho.
Yo no lo recuerdo así, aunque claro, es verdad que era muy joven y disfrutaba mucho con todo, con la gente, con los paisajes, con el simple hecho de caminar, y en medio de la naturaleza.

La fisio, una buena profesional a cuyas actividades voy siempre que puedo y que sé que no se pasa con la exigencia, conoce perfectamente mi estado físico actual, concretamente mi esqueleto y sistema muscular.
Su clase de estiramientos fue la primera a la que fui en el gimnasio, a los dos meses del radioyodo, y en medio de una carga laboral imposible. Me pasé la hora relajando, estirando, boca arriba, boca abajo, de pie, sentada… llorando, en silencio, las lágrimas sin dejar de caer.
No dijo nada ni nunca me preguntó, no eran los ejercicios; pero a mí se me encendió una luz roja, y comprendí que lo importante era mi salud, y que tenía que bajar el pistón “ya”.

La que hacía “grandes cosas” en nuestra época de senderistas era mi antigua compañera; tenía un físico envidiable, que conserva. Prácticamente no ha cambiado nada. Pero de lo que me percaté al instante fue de la falta total de energía en su mirada.


Nos sentamos en el rincón de las máquinas de bebidas y demás, mientras veíamos pasar camino del sótano a los que iban a una clase de ésas que te encierran en una sala a oscuras con música de discoteca (¿existen, aún?) y luces girando, y tú haces el canelo montada en una bici y a toda pastilla, claro.
Y hablamos.
Pero eso mejor os lo cuento mañana, o pasado mañana.



Me gustó esta foto desde el momento en que la vi.
Y, sí: quiero ser una perrita de aguas, meterme en los charcos, seguir a mi dueña o dueño corriendo por el barro, sacar la lengua, dormir cuando estoy cansada, comer cuando tenga hambre, y atravesar ríos para después secarme y mojar a todo el mundo.
Y ya sabéis por qué he escrito “perrita de aguas” y no “perra de aguas”, que todo se malinterpreta y hay que explicarlo, y que salvo que escribas género literario, hay que calificar y calificar y venga a calificar un sustantivo tan noble como “perra”. Pero, vamos, que no digo yo que no, si no puedo ser “perrita de aguas”. De momento no voy a cambiar la orientación del blog … no me llenéis el correo de peticiones.

Tratad de sonreír a la vida. Cuidémonos. Haced el tiempo que podáis lo que os gusta.
Yo voy a mirar un rato la foto de la perrita de aguas y una mía, a ver qué se puede hacer, y a los árboles bajo la lluvia.



martes, 22 de marzo de 2016

Diario de una hipo-pótama (3): Maxim.

"Sirenas". Merk Heine.



-Mamá, nos pasaremos por vuestra casa el domingo.
Cuatro segundos de silencio.
Respuesta:
-¿Pero vienes tú sola... o con el otro?
Juraría que he dicho “nos pasaremos”.
-Sí, mamá… vamos los dos…
-Pues hija, os invitaría a comer, pero es que ando…
-… Que no hace falta, mamá; sólo será un momento, ni te preocupes.
-Si yo te lo agradezco, ojalá viviéramos más cerca y …
-… Que sí…
-… Pero un café sí que os tomáis, ¿eh?, eso sí…
-Vale, mamá… Llevamos pasteles…
-No, hija, que tu padre no puede tomarlos, por el azúcar; trae esas pastas de donde Guillermo, que le gustan…
Mi padre ni las mira, pero a ella, le pirran.
-Vale, mamá, hasta el domingo.

El viernes tenía análisis de sangre, en el centro de siempre; ya sabéis: perfil básico (rutina) y "técnico" (T4 libre, TSH, T3 total), todo juntito en un tubo "suero CORE - amarillo largo 5 ml.)
O sea, lo de toda la vida, pero añadiendo las tiroideas.


Llegué un poco justa. Me senté al lado de una mujer en la treintena y de su hijo, de unos diez años,  con sus libros y mochila escolar.
Leían juntos una página titulada “La Ultima Cena”; parecían hablar una lengua del Este, que alternaban con el castellano, que los dos hablaban muy bien.
Oí que le decía: -Debes decir esto clara y ordenadamente.
Tuve ganas de pedirle el teléfono y que me diera unas cuantas clases de ésas.

Enseguida la ATS reparó en el niño, y preguntó a la madre por el nombre:
-Maxim  –contestó ella.
-Le vamos a pasar ya.

Y así fue. Enseguida se lo llevó, llamó a un señor mayor, y después, a mí.
Mientras esperaba turno, ya en la sala de extracciones, la ATS y otra compañera trataban de sacar sangre del bracito de un niño mucho más pequeño. La madre le sujetaba arrodillada en el suelo; sí, ya sé que cuesta imaginarlo, pero sucedió así.
La cosa era complicada. El niño lloraba, miraba a su madre y casi le suplicaba. Las ATS en ningún momento torcieron el gesto, perdieron los papeles, se mostraron impacientes; profesionales y eficientes, con paciencia lograron su objetivo y todos sonreímos.

Mientras tanto, con su madre cerca de mí, Maxim ofrecía su brazo a otra ATS, y sin pestañear, observaba el pinchazo y la extracción de sangre.
Confieso que yo no miro, y que examino con ojo clínico a quien le toca mi brazo.
Ya he pasado unas cuantas veces por el ritual, y además he de decir –son todas mujeres- que ni me entero.
Pero no miro. 
No. 
Entendedme: No alabo la autoexigencia desmedida o cerril; pero sí un mínimo de autocontrol, su aprendizaje, en un mundo desbordado por "yoes" verborrágicos.

Maxim se levantó como si tal cosa mientras el otro niño, de menos de dos años, se tranquilizaba casi al mismo tiempo que yo escuchaba: -Abra el puño.



Me fui en cuanto pude, tirita en ristre, al bar de la esquina, aunque tuve que hurtar diez minutos a la Levotiroxina (hormona tiroidea artificial).
Es el pequeño inconveniente de ir en ayunas a un análisis y que entre hormona y desayuno deba guardarse media hora.
Bueno, desayuné a los veinte minutos. Era por una buena causa: mi estómago y mi cabeza.


¿Sabéis lo que pasó el domingo, verdad?
Sí. 
Correcto: Lo que estáis pensando.

Llegamos a casa de mis padres.
Mua, mua.

Y el café, sí.
El café más dos platos de jamón serrano, dos de quesos diferentes, uno de lomo, una tortilla de patata, una bandeja de …


miércoles, 17 de febrero de 2016

DIARIO DE UNA HIPO-POTAMA (2)


Una de las primeras cosas que comprendí que era necesaria fue el ejercicio físico. Mover el cuerpo. La sangre.
Me apunté a un gimnasio.

Lo mejor de ir de mi trabajo al gimnasio es el Metro. Sí, como lo oís.
Lo ideal es apoyarse en el hueco de las puertas, así que según entro, me voy a “mi sitio”, la espalda apoyada mientras leo.
En el peor de los casos, busco a uno de esos chicos de tres metros de altura y me acoplo debajo del sobaco. Eso sí, agarrada a la barra lateral de los asientos. Mano en barra, mano en libro. Solucionao.
¡Y hoy ha estado genial!, porque pude empotrarme, en ese espacio de las puertas, entre un treinteañero y una chica de unos cuarenta, ¡y los tres leíamos "en papel"!
Sí, de verdad que me pasó: el chico, un libro de Nieves Concostrina; y ella, uno en el que leí deprisa Baton Rouge.
Fotografía: Nastasia Alberti
Así que a pesar de mi dolor de cadera que no es de la cadera, de una vieja rotura en el hombro, un dedo meñique dolorido y ácrata, la sequedad ocular más el fuerte picor de las últimas semanas, y mi cansancio que intentan equilibrar 75 microgramos de levotiroxina de sodio… me metí en la clase de aquagym.
Sí.
Pues eso. Pensando en mil cosas pendientes y en nada. Creyendo que no llegaba y me daba un síncope vasovagal de ésos.
Pero llegué. 
Y eso no es todo.
Resulta que la clase la formamos alrededor de 14 mujeres y un par de “chicos”. Yo soy de las más jóvenes, y asisto con curiosidad a una tertulia que se reúne en el centro de la piscina casi desde el principio, beso va y beso viene, “es que hacía tiempo que no venía”, “oye, ¿y tu hijo?”, “ahora me traen al nieto, pero ya les he dicho que a esta hora, que no”, “vete al otro, está más barato”, “ay, pues no sé…”

Yo escucho sin inmiscuirme, haciendo de perrita de aguas que persigue a un pato imaginario que se hace el muerto; no tarda en acercarse Bea, nuestra flamante y eficaz instructora licenciada en INEF, y como en familia: 
“A ver, chicas… empezamos… bueno, chicas y chicos…Veengaa”
Fotografía: Seth Casteel

La tertulia sigue: “ah, pues yo, no…”, “ahora me desvelo de madrugada” “ni caso, tómate una”, “me ha dicho el médico…”
Y Bea: “vamos, vengaaa… ese grupito…”
“Pues ahora lo que hago es que si me desvelo, me pongo a leer…”
Magnífica idea, me digo.
“Venga, venga, una vuelta de calentamiento … ¡cómo estáis hoy! ¡Y todavía no ha pasado San Valentín!”
“Que pase, que pase…”. Mi pato imaginario no sé, pero yo escucho risas.
“Vamos, subiendo rodilla… ahora ¡patada!, venga, chicas, que me enfado… que me voy a casa…”
Lástima, ya no puedo perseguir a mi pato imaginario y la tertulia está disuelta.
“¡Corre! ¡Corre! ¡Cambio de dirección…!”
¿Habéis corrido dentro de una piscina con agua?
Pues eso.
Una mujer a mi lado susurra: “Ni a traición me pongo a correr yo ahora…”
Dormí como un tronco.

Por cierto, tengo que llamar a mi madre.
Hace días que no hablo con ella.
Ay.

Me pareció divertido titular estas entradas así, creyendo
que hipopótamo venía del griego hypo (debajo) y potamos (río).
Algo así como debajo del agua, que es como nos sentimos las mujeres
muchas veces (en temas de salud, p.ej.)
Pero no: viene de hippos (caballo).
     ¿¿O sea, que soy como un caballo de río??