martes, 23 de febrero de 2016

Rosa, rosae. Sulpicia.






El amor me ha llegado, de la clase que más me avergüenza esconderlo
que revelarlo a alguien.
Citerea, convencida por mis oraciones a las Musas,
lo ha traído y colocado en mis brazos
Venus ha colmado mis promesas. Deja que mis alegrías
sean contadas por aquellos que se dice carecen de alegrías propias.
No confiaré mis pensamientos a losas precintadas
por miedo a que alguien pueda leerlos antes que él.


No se conoce la verdadera identidad del amado (Cerinto) de Sulpicia al que van dirigidos estos versos; según Sara B. Pomeroy, en su obra "Diosas, rameras, esposas y esclavas", Cerinto  es "un seudónimo griego", incluso podría tratarse de una ficción literaria.

Sulpicia lo escribió con veinte años "como mucho", alrededor del año 15 a. C. 

Hija del orador Servio Sulpicio Rufo, Valeria, su madre,  era hermana de un compañero de estudios de Cicerón, Marco Valerio Mesala Corvino.
En torno a este tío materno, que al parecer se convirtió en su tutor tras la muerte de su padre, se formó un círculo de poetas en el que figuraron Ovidio, Tibulo y Ligdamo.