domingo, 8 de julio de 2018

Rosa, rosae. Mercedes Sosa: mujer, voz.





Como la cigarra (poema de María Elena Walsh)

Tantas veces me mataron
tantas veces me morí
sin embargo estoy aquí
resucitando.
Gracias doy a la desgracia
y a la mano con puñal
porque me mató tan mal
y seguí cantando.

Tantas veces me borraron
tantas desaparecí
a mi propio entierro fui
sola y llorando.
Hice un nudo en el pañuelo
pero me olvidé después
que no era la última vez
y volví cantando.

Tantas veces te mataron
tantas resucitarás
tantas noches pasarás
desesperando.
A la hora del naufragio
y la de la oscuridad
alguien te rescatará
para ir cantando.

Cantando al sol como la cigarra
después de un año bajo la tierra
igual que sobreviviente
que vuelve de la guerra.



Mañana, 9 de julio,  la "cantora" Miryam Quiñones @MiryamQuinones homenajeará a Mercedes Sosa en el aniversario de su fallecimiento


domingo, 27 de mayo de 2018

Diario de una hipo: 50 microgramos de madre, una furgoneta de tiroxina y la “teoría del caos”.


Es lo que pasa. De la “teoría del caos” no tengo ni idea, pero de su práctica, lo que queráis.

Me llevo fiambrera al trabajo, como deprisa y camioneta al hospital, a 30 Km. de la ciudad.  Veo un cartelito en una ventanilla del autobús al bajarme. No me paro a leerlo.
Avanzo varios centenares de metros por el interior del hospital, con las instrucciones de recepción y de mi cuñada en algún lugar del cerebro. Las máquinas de café me saludan con alegría con sus luces por los pasillos desiertos.

La ambulancia de mi padre, que no llega. Mi hermana, que está con ellos: “Habla con el especialista, a ver si puede esperarnos”. Media hora después, aparece una enfermera con “pijama” amarillo. Hablará con el médico.

Treinta minutos después, hablo con mi madre: “Nada, tu hermana a reclamar y aquí no aparece nadie.” La enfermera viene directa hacia mí: que el médico quiere habla conmigo, en cuantito salga un paciente. La veo salir por la única puerta iluminada, que debe dar a otro pasillo sin final. Me da que está atendiendo a varias consultas simultáneamente.
Me pongo en modo de espera, como una centinela, delante de la única consulta ocupada de las ocho que tiene la zona. Todo está a oscuras, menos el exterior, donde aún es de día, y mis amigas las máquinas de café, con sus botellas de agua gigantes y más cosas iluminadas.

Rememoro la tarde anterior, cuando recorrí otros 50 Km. para acompañar a mi madre mientras mi hermano se quedaba con mi padre; dejó el bolso atrás y arrancó el coche conmigo al lado. Es un escaso kilómetro por la antigua nacional.
A ver si puedo aparcar.
-  Mamá, deberías pensarte lo del coche. 
- Divinamente, hija. Para venir hasta aquí, de sobra. Cuando vea que no puedo conducir, lo dejo.
Dimos un par de vueltas a la rotonda: 
-  Pues no hay sitio. Voy a probar arriba
¿”Arriba”?, pienso yo. Pues hay una buena cuesta. Y es dirección contraria…
No, hija: “encima” de la acera… 
-  Pero… ¿puedes? 
-¡Hombre, claro! Me conocen los municipales, el del supermercado, los de la farmacia….

Casi grito que frene cuando la acera acaba en escalón y hay una furgoneta de frente aparcada. Debo exagerar, porque el individuo apoyada en ella nos miró pero hizo como que no se inmutaba. Menudo salto habría dado yo.     

Hala, hija, a ver si no tardamos mucho… Oye, ¿no me estarás ocultando algo, no?
Le explico que no, que mi tiroides andaba un poco bajita y por eso estaba más cansada. Que me han subido un pelín la tiroxina, y ya. Me ahorro contarle las tres semanas que no daba pie con bola, la tensión parecía por los suelos y no remontaba. “Ahora” me siento mejor.

Ahora llama mi hermano, incrédulo: “¿Y cómo has llegado hasta el hospital? ¿Y a tu casa, cómo vuelves? Hay huelga de autobuses…”
Vaya, eso explica el cartelito del cristal, el que no leí. Puede que viese algo de “Servicios mínimos”. La suerte que tengo.

El último paciente de la sala de espera sale de la consulta. Oteo entre la puerta entreabierta, y llamo con los nudillos. El médico ya sabe quién soy: la consulta acaba en quince minutos. No va a llegar la ambulancia. Hablamos sobre el estado de mi padre y prepara una nueva cita.

Son casi las 9 de la noche, hora peligrosa para coger el que puede ser el último autobús a la ciudad. Me pongo “en modo comando” y recorro los interminables y solitarios pasillos del hospital a toda pastilla (nunca mejor dicho). Las referencias propias y de mi cuñada me colocan justo en la salida más cercana a la parada de los autobuses.

Y sí, hay un autobús. Y sí, mi instinto me dice que es “el mío”… Paso de la acera a un trozo de tierra, y corro hacia el pequeño  talud que me separa del autobús. 
El zapato resbala y miro al conductor. Sé que va a arrancar. Ni un metro me queda a la puerta del bus… El hombre mira al frente, pero la puerta se abre. Le doy las gracias y subo; detrás se oyen otras voces de mujer: -¡Espere! ¡Espere!
El conductor hace un gesto contrariado… pero espera. 
Ya estamos todas arriba. 

Diez y media y en casa. Notita en la nevera: “¿Puedes echarle un vistazo al router? No funciona. Ni se enciende, ni nada.” 
Uhm…
Dejo la impedimenta por ahí y me acerco “al bicho”. Hay que fastidiarse. Aprieto todas las clavijas visibles: nada, no enciende.
Cojo el primer cable y lo sigo. No puedo tener mayor suerte: el enchufe está sobre la mesita.

Me pongo “gallita”: 
- Aquí el servicio técnico. Ciento cincuenta euros me debes… ¿El qué? Pues que estaba desenchufado. Sí.
Mi parte contratante: -Ah… pues ha debido ser cuando han venido los de la comunidad a lo de la terraza… Han debido desenchufar el router para enchufar un taladro…

¡Ja!
¡La “teoría del caos” se esconde en un enchufe!



domingo, 18 de marzo de 2018

Mándanos tu foto (8)


El entrañable "Achuri", en La Latina, Madrid.
Imagen: Cortesía de Rosa Núñez.
¡¡ Muchas gracias !!



¿Has visto una foto, una escena en tu barrio, en una tienda, en el autobús, en la calle,... que te ha llamado la atención, te ha indignado, te ha fascinado, te ha hecho sonreir? ¿Y además sobre la mujer, sobre nosotras?
¡Pues envíanos la foto! ¡La publicaremos! 
Adjunta si quieres la fecha, el lugar donde la viste, o por qué ha captado tu atención:
lunavioletayplata@gmail.com

domingo, 18 de febrero de 2018

Un listado no concluido (a raíz de un artículo de Carmen Morán).

Nancy Cunard (1896-196). Fotografía de Man Ray.


Ha sido éste un verano bien largo para el blog -que casi huele ya la primavera-, con una sola pero provechosa parada en el excelente artículo de Asun Blanco Cobelo que nos permitió adentrarnos, cual Alicias,  en ese futuro-presente que está pasando tan inadvertido.

Así que es de agradecer la generosidad de amigas como ella, y las continuas noticias del “rescate” de textos de escritoras del pasado, como esta vez certifica Carmen Morán respecto a “Inexplicable”, de Marie von Ebner-Eschenbach, que publicará la editorial Periférica.

Un nuevo título de “la literatura escrita por mujeres a finales del XIX y principios del XX", todo un movimiento de escritoras con “características comunes entre [ellas] que casi puede hablarse de generación”:
Edith Olivier
Elvira Mancuso
Mary Cholmondeley
Franzisca von Reventlow
Paola Drigo
Julia Strachey
Catherine Pozzi...

Son las citadas por Carmen Morán; una lista que emociona porque sabemos que entronca con nuestra propia historia de mujeres, ésa que ha sido apartada, ninguneada; que aparece en estanterías olvidadas, páginas en algún rincón lleno de polvo. 
Un listado no concluido.
Catherine Pozzi 1882-1934

Cita Carmen a la investigadora y crítica literaria Josune Muñoz: “todas ellas buscaban un cuarto propio, una narración personal y social”, dejando a un lado el papel que se les había atribuido: convertirse en un “ser bondadoso enjaulado en casa al cuidado de un marido y unos hijos.”

Destaca Josune Muñoz el caso de Nancy Cunard, señalando que “el periodismo era una actividad que las colocaba en un espacio público y, además de sus obras, las permitía vivir de sus textos.”
Franziska von Reventlow 1871-1918

Esta editorial publicará nuevos títulos de Franziska von Reventlow y Charlotte Mew, calificada por Virginia Woolf como “muy buena y diferente del resto”.

Hablamos de “una época de ruptura”, sí, preludio de Vanguardias; de una literatura que no puede ser desechada ni banalizada.

Buscad sus historias. Explorad.

Ponerlas en su lugar, en el que le correspondan y corresponde, es hacerlo con nosotras mismas.
Elvira Mancuso 1867-1958

  
Artículo completo de Carmen Morán:
“Las mujeres que mataron al ángel del hogar.”

domingo, 26 de noviembre de 2017

"El monstruo que nos devorará". Asun Blanco Cobelo.



Es posible que mi ignorancia en el tema no me permita ver muchas de las caras de esa infatigable lucha polifónica que es el feminismo. Pero aún con todo, estoy por arriesgar que quizá en pocas de ellas se está planteando una lectura novedosa sobre el camino a seguir para tratar de que la mujer ocupe el lugar que le corresponde en el mundo. Que no es otro, en mi opinión, más que aquel que la evolución mental de Homo Sapiens entiende por obvio: No existen diferentes categorías de seres humanos. No hay personas de primera, segunda o tercera clase…. O no debiera haberlas, quiero decir.

Sea como fuere, la discriminación de la mujer existe, es real y siempre dolorosa. Y el feminismo continúa incansable en su larga lucha no violenta por abolirla.

El meollo de la cuestión radica en encontrar la forma adecuada de combatir ese “patriarcado omnipresente” tan poderosamente inscrito en la mente de todxs.

Se han planteado diferentes ideas: visibilización, empoderamiento, sororidad… que se intentan vehicular a través de debates, formación de agrupaciones, presencia en “la red”, etc. Soluciones todas ellas necesarias que suman, allanan el camino y avanzan en la consecución de logros (además de agrandar la mente, algo que debiera escuchar y leer todo aquel ser humano interesando en crecer intelectual y éticamente), pero que no acaban de cuajar en una vía que se perciba como definitiva. Claro que las cosas nunca son: blanco o negro, así que en una escala de grises, esa “vía definitiva” no excluiría a las demás, sino que se erigiría como el rio principal que va creciendo con la aportación de numerosos afluentes.

No es la primera vez que escucho a “veteranas” activistas comentar que creen retroceder en el tiempo al escuchar, hoy en día, las mismas propuestas que ya fueron debatidas en su tiempo.

Yo no sé cual es “la vía mágica” para acabar con la injusticia de la discriminación de la mujer. Ni tan siquiera estoy segura de que a estas alturas pueda encontrarse una. Pero sí quiero resaltar un aspecto que pienso que se está pasando por alto.

En general la sociedad está aplicando al siglo XXI unos esquemas mentales del siglo XX y aunque eso siempre ha sido así, (los hechos van por delante de la construcción mental que elaboramos de los mismos), esta vez, este desfase es determinante y crítico.

Anaïs Alice Jil Méon TAC Prague
8th Oistat Theatre Architecture Competition

En un futuro próximo, nada lejano, muy cercano de hecho, la sociedad se va a mover y actuar bajo los criterios que dicten “los algoritmos”. No hablo de ciencia ficción. Hablo de la realidad de hoy en día, donde desde hace tiempo tomamos decisiones en función de lo que “nos aconseja la red”. Para ir de un lugar a otro vamos por las carreteras que nos indica una máquina. Adoptamos los hábitos de salud que nos sugiere el ordenador-reloj que llevamos en la muñeca. Nos informamos basándonos en lo que nos ofrece “un buscador”…

Existen cientos de ejemplos de cómo seguimos, sin cuestionar, sus sugerencias. Y les hacemos caso porque sus propuestas casi siempre nos benefician. Pero estamos pasando por alto un detalle muy importante: No estamos teniendo en cuenta sus “sesgos”.
¿Y qué tiene que ver todo esto con el feminismo?

Por primera vez en la historia el ser humano está reconfigurando, de forma radical, lo que va a ser en el futuro; en qué se va a convertir. Hay quien habla del que Homo Sapiens se extinguirá en este siglo, y yo lo creo también. Bien porque nos autodestruyamos (bajo la forma de una gran guerra auspiciada por un “pronto de testosterona” o del aniquilamiento del hábitat que nos sustenta) o porque nos vamos a transformar en algo diferente. Muy diferente.

Estamos asistiendo a los inicios de esa gran transformación y no nos estamos enterando, no estamos siendo conscientes de ello. Ni hombres, ni mujeres.

Pero en nuestro caso, estamos volviendo a perder, una vez más, la iniciativa en la construcción de ese nuevo “ente”; ya que la definición de “esos algoritmos” que nos cambiaran, la está realizando “el patriarcado”.

Sin mujeres en la tecnología, ni en la ciencia, los sesgos (muchos de ellos no intencionados) que esos algoritmos están cometiendo, y van a cometer en mayor grado, van a tener una impronta discriminatoria determinante para la mujer y otros colectivos.

Por ejemplo, cuando un algoritmo decida quien merece un ascenso laboral lo hará en base a toda la información guardada que coteje, y deducirá que los hombres son mejores candidatos a la vista de las “realidades” anteriores; tal y como explica Cynthia Dwork (*)

Estos posibles sesgos de los algoritmos están siendo objeto de estudio por parte de los tecnólogos pero, por desgracia, una vez más, la visión de la mujer está ausente, o no es proporcional, en dichos debates [Cynthia Dwork es una de las pocas excepciones que está trabajando en ello].

Maruja Mallo
"Estudio para viajero del éter", 1958

El ser humano se está re-construyendo desde la ciencia y la tecnología, bajo sus dos grandes vertientes: la biotecnología y la Inteligencia artificial.

Y las mujeres no estamos ahí con suficiente presencia como para que nuestro modo de mirar pueda equilibrar la balanza en la construcción de aquello que seremos.

También es verdad que lo más probable es que los debates éticos futuros, no vayan a discurrir sobre el sexo, género o raza de los seres humanos. Ya que estos aspectos se habrán convertido en intranscendentes cuando la modificación genética y bioquímica sea solo una cuestión económica.

Dentro de poco, elegir el sexo, o cambiarlo, seleccionar el color de piel, de ojos, o decantarse por tener unos músculos elásticos frente a unos potentes… serán sólo parte de las opciones de una inmensa carta con numerosas casillas sobre las que ir marcando. Quizá entonces, lo que suceda es que la sororidad sea necesaria buscarla entre los humanos frente al “patriarcado impasible” de las Inteligencias Artificiales sin consciencia.

No queda mucho para eso, más bien poco, pero mientras tanto, el feminismo debiera armarse intelectualmente para el nuevo “sesgo tecnológico” que se está gestando.

En realidad, si el ser humano fuera inteligente (tal y como le gusta autoproclamarse sin pruebas fehacientes de ello) y se moviera por ideales diferentes a la avaricia y el egoísmo, hombres y mujeres debieran unirse en intentar entender el Frankenstein que estamos creando. Un monstruo que puede devolvernos al paraíso o eliminarnos de forma definitiva.

Por cierto, es curioso cómo cuando Mary Shelley, una mujer, imaginó el monstruo de Frankenstein, lo vislumbró como un ser atribulado que intentaba ayudar a aquellos que le habían creado y que a cambio recibía su odio solo por ser diferente. Si la historia la hubiera escrito un hombre, posiblemente ese poderoso Frankenstein hubiese aniquilado a su creador y se hubiera erigido en amo de los débiles humanos. O a lo sumo, un heroico justiciero le hubiera derrotado en épica batalla.

Por eso la mirada de la mujer es tan necesaria en estos momentos. Por eso es imprescindible que el feminismo insista en estar en esas ciencias y tecnologías que nos están re-definiendo. Porque queda poco tiempo, muy poco, antes de que ese “ente” que estamos creando crezca, piense por sí mismo (bajo las premisas sesgadas del patriarcado) y él solo decida qué hacer con nosotrxs.

© Asun Blanco Cobelo
@abcobelo

(*) Cynthia Dwork, informática de la Universidad de Harvard, está desarrollando formas de asegurarse de que las máquinas funcionen de manera justa. (Fuente: MIT Technology Review).





viernes, 16 de junio de 2017

Rosa, rosae. Lisette Pons: Cuando el corazón está en Africa.


Es ésta una historia a través del tiempo y sus décadas, de la fotografía con cámara convencional que se extiende usando técnicas y materiales, como la emulsión de plata sobre cartones reciclados.



Imagen de la exposición via @cristinacanova3
  


En el espacio artístico Sego Papel, 2013


Lisette Pons (1953) viajó a Africa por primera vez hace veinticuatro años.
Leer sus impresiones sobre el elefante africano y el continente, sobre la lenta muerte de la especie a manos de los matarifes del marfil, hacen creíble toda la reflexión que destila su obra fotográfica.

Porque "¿Teniendo esto, adónde hemos ido a parar?"

Todo un idilio con los hermosos paquidermos y la exuberancia de la naturaleza, en contrate con "la pérdida de valores" de nuestro "pequeño mundo".



Enlace a la exposición:

Retrato de Lisette Pons. Inmaculada Cuesta, 2015

"Quise quedarme a vivir en aquellas tierras donde en la inmensidad de su grandeza, conocí el sonido de la Paz. Regresé y regresé de nuevo..."