lunes, 11 de mayo de 2015

Fiona L.: Soy un pez.


El otro día me senté, a tomar café, en un breve espacio de libertad que me había auto concedido. Tenía tantas cosas que hacer, tantas decisiones difíciles sobre mi espalda, tantas responsabilidades para con los demás, que me dije: No vas a hacer nada. Ahora mismo te bajas a la cafetería, te sientas al sol y te burlas de la vida. Al menos durante el intervalo de un café con leche.
Tampoco era mucho pedir, tampoco me iban a conceder la medalla al valor por aquello, sólo era una pequeña rebeldía ante una vida que sentía que me estaba presionando demasiado. 



Me senté al sol. Café con leche, tarta de zanahoria y sacarina. Sin frenos y cuesta abajo, me sentía valiente. Aunque la operación “libérate”, en realidad, solo me entretuvo los diez minutos que tardé en beberme el café y comerme lo que le acompañaba. Porque ejecutadas estas estrategias de evasión, me quedé, cual pasmarote, mirando a la nada, entre un pesado aburrimiento y un sentimiento de culpa pesado. Tenía que aguantar. No podía perder tan pronto la misérrima batallita. Barajé varias opciones: el móvil que llevaba en el bolso, el periódico del bar, contar palomas...

 ¿Está libre la silla? -dos "chicas violeta y plata", como yo, que intentaban acomodarse en la mesa contigua.
      Sí, sí –les respondí.
Y me quedé mirando al cielo como si las nubes me importaran. Y de paso, lo confieso, atenta a su conversación por si ésta lograba mantenerme en mi rebeldía.

Hablaron del tiempo que hacía que no se veían, de los hijos de una y los viajes de la otra, de política y de lo mal que iba el mundo. 

-Una sociedad dormida, eso somos --hablaba la viajera sin hijos de apariencia independiente- Aunque lo peor es que la mayoría de las personas ni tan siquiera son conscientes de ello. Sonámbulos que dormidos se creen despiertos. Ya no existe literatura, sólo libritos de cuentos para adultos, ya no hay cine, sólo fuegos pirotécnicos que repiten una y otra vez los mismos clichés de siempre. La política es publicidad y la vida la hemos convertido en un simple objeto de consumo. La mayoría de la gente vive sin ser consciente de sí misma. Como un pez. Que nace, se reproduce y muere en las aguas que le han tocado en suerte, sin preguntarse más.


-Chica, tienes razón -dijo la amiga con hijos- Te metes en los problemas del día a día y vas como burro con orejeras. Detrás de la zanahoria y sin mirar más allá. Yo, desde luego, te aseguro que sí soy un pez, siempre he hecho lo que se suponía que me tocaba hacer en cada momento, buscar un trabajo, una pareja, tener hijos, una casa… Igual la gente como tú, que ha viajado y leído tanto, tenéis otra perspectiva pero yo, desde luego, siempre he ido a rebufo de lo que me ha dictado el momento.
-Yo también soy un pez, no te creas -respondió la viajera- Sólo que hay algunos que somos más complicados y nos pensamos. ¿Por qué nacemos? ¿por qué se mueven las aguas? ¿qué hay más allá del río? ¿por qué la corriente me obliga a ir en esa dirección? ¿es el único camino posible? Aunque la verdad, también te digo, que al final todo eso poco importa. Nos pensemos o no, todos somos peces.

Y llegados a este punto, me levanté y abandoné el sol. Yo era un pez con un montón de cosas por hacer y de la vida lo único que sabía era abrir y cerrar la boca. No para decir nada, sólo para tomar aire. De todos modos, pensé, aunque al universo le dé igual, yo también prefiero que existan peces raros. De esos que siempre se preguntan que habrá más allá de la pecera. Más que nada, por si algún día tenemos que dar un salto.

Saludos amigas, un abrazo y, ya sabéis, cuidado con la vida.
Fiona L.


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