viernes, 25 de diciembre de 2015

Fiona L.: El fatal destino de un pincho de tortilla


Hola amigas, hoy vengo a contaros las desventuras de un pincho de tortilla.

Parecerá fútil el tema, y lo es, pero a nada que se piense un poco mejor, las aventuras o desventuras de un pincho de tortilla vienen a ser muy similares a las nuestras, así que igual pueden servirnos de espejo.
Pero tranquilas, “no me comáis”, que ahora intento explicarme un poco mejor.

La historia comienza así: una -o sea, yo- le cuenta a su amiga que tiene intención de ir tomarse un café con leche adornado con un magnífico pincho de tortilla. Y ante semejante profundidad metafísica del comentario, va su amiga -o sea, la mía- y me dice que espera que el pincho y yo nos encontremos y que él (la tortillita) no sufra mucho por su destino.
¡Nunca dejan de sorprenderme estas “violetas plateadas”!

Total, que mientras ingería ese bocado glorioso, de huevo y patatas, con la sonrisa puesta en su destino, he dejado que mi mente vague por filosofías inocuas y he escrito un ensayo sobre el sentido de la existencia de un pincho de tortilla.
¡Nunca dejan de sorprenderme estas “violetas plateadas”!


El ensayo en cuestión tiene la longitud de dos párrafos, porque el tiempo de tomarse un café con leche no da para mucho más, y menos si es en el intervalo laboral, de ahí que también lo esté completando ahora con este pequeño preámbulo, que finalizo ya, antes de que dejéis de leerme. Lo cual, dicho sea de paso, sería una pena, porque la profundidad metafísica que he alcanzado no servirá de nada, pero me ha quedado monísima.

¿Ha sufrido por su destino el pincho de tortilla?
Pues depende.
De momento, y hasta que se demuestre lo contrario, parece que los pinchos de tortilla no son conscientes de sí mismos, así que viven su “efímera forma” (el instante desde que son construidos, mezclando huevos con patatas, hasta que son de-construidos, en mi estómago por ejemplo) sin saber tan siquiera qué es lo que fueron. No pueden sufrir porque no saben ni que han existido.

Ahora bien, pudiera ser que nuestra limitación humana nos impidiera darnos cuenta de que realmente los pinchos de tortilla sí son conscientes de sí mismos, y entonces, si así fuera, ¡pobre pincho! ¡pobre!, ya que en ese caso, el asunto de su deglución le parecería mal, o bien, o se lamentaría por su destino, o le parecería glorioso, o… porque es precisamente la consciencia quien genera ¡todas esas tonterías!.

Imagen de quimica12medicina.blogspot.com

Su final sería el mismo. Acabar devorado en algún estómago “agradecido” (algo que de tener consciencia también podría alegrarle un poco, digo yo), pero pasaría su breve existencia mucho más preocupado por todo.

Pensar… ¡Qué inútil extravagancia! Y si no, ya me diréis cómo puede una bajarse a tomar un café y regresar escribiendo estas cosas.

Y aquí lo dejo. Las extravagancias, como casi todo, mejor en frasco pequeño. Otro día, si ha lugar, ya os traeré algún otro tarrito de metafísicas inútiles. Sólo para que, con un poco de suerte, al final de leerlas, se os haya quedado alguna sonrisa dibujada en la cara.

Cuidarse.
Fiona L.

PD: Incluso las mentes más preclaras descubren, al paso del tiempo, que aquello que pensaron tras arduos, laboriosos y largos esfuerzos  mentales, contiene alguna sombra que, sin anular lo dicho, necesitaría ser aclarada. 
Eso les sucede a las mentes preclaras, que no es mi caso, y tras largas reflexiones, que tampoco es el caso. 
Pero al releerme a mí misma, sí que me he dado cuenta de que quizá convenga matizar que el sufrimiento al que me refiero para nuestro querido pincho de tortilla es un sufrimiento moral.

Porque los sufrimientos físicos existen al margen de la consciencia… ¿O no? ¿O sí, pero con matices? Bueno, vale ya, esto lo dejo para otro tarrito. 
Frasquito quise decir.

© Textos bajo el epígrafe “Fiona L.” y epígrafe todos los derechos reservados.