Hola amigas, hoy vengo a contaros las desventuras de un pincho de tortilla.
Parecerá
fútil el tema, y lo es, pero a nada que se piense un poco mejor, las aventuras
o desventuras de un pincho de tortilla vienen a ser muy similares a las
nuestras, así que igual pueden servirnos de espejo.
Pero
tranquilas, “no me comáis”, que ahora intento explicarme un poco mejor.
La
historia comienza así: una -o sea, yo- le cuenta a su amiga que tiene intención
de ir tomarse un café con leche adornado con un magnífico pincho de tortilla. Y
ante semejante profundidad metafísica del comentario, va su amiga -o
sea, la mía- y me dice que espera que el pincho y yo nos encontremos y que él
(la tortillita) no sufra mucho por su destino.
¡Nunca
dejan de sorprenderme estas “violetas plateadas”!
Total,
que mientras ingería ese bocado glorioso, de huevo y patatas, con la sonrisa puesta
en su destino, he dejado que mi mente vague por filosofías inocuas y he escrito
un ensayo sobre el sentido de la existencia de un pincho de tortilla.
¡Nunca
dejan de sorprenderme estas “violetas plateadas”!
El
ensayo en cuestión tiene la longitud de dos párrafos, porque el tiempo de
tomarse un café con leche no da para mucho más, y menos si es en el intervalo
laboral, de ahí que también lo esté completando ahora con este pequeño
preámbulo, que finalizo ya, antes de que dejéis de leerme. Lo cual, dicho sea
de paso, sería una pena, porque la profundidad metafísica que he alcanzado no
servirá de nada, pero me ha quedado monísima.
¿Ha
sufrido por su destino el pincho de tortilla?
Pues
depende.
De
momento, y hasta que se demuestre lo contrario, parece que los pinchos de
tortilla no son conscientes de sí mismos, así que viven su “efímera forma” (el
instante desde que son construidos, mezclando huevos con patatas, hasta que son
de-construidos, en mi estómago por ejemplo) sin saber tan siquiera qué es lo
que fueron. No pueden sufrir porque no saben ni que han existido.
Ahora
bien, pudiera ser que nuestra limitación humana nos impidiera darnos cuenta de
que realmente los pinchos de tortilla sí son conscientes de sí mismos, y
entonces, si así fuera, ¡pobre pincho! ¡pobre!, ya que en ese caso, el asunto de
su deglución le parecería mal, o bien, o se lamentaría por su destino, o le
parecería glorioso, o… porque es precisamente la consciencia quien genera
¡todas esas tonterías!.
Imagen de quimica12medicina.blogspot.com
Su
final sería el mismo. Acabar devorado en algún estómago “agradecido” (algo que
de tener consciencia también podría alegrarle un poco, digo yo), pero pasaría
su breve existencia mucho más preocupado por todo.
Pensar…
¡Qué inútil extravagancia! Y si no, ya me diréis cómo puede una bajarse a tomar
un café y regresar escribiendo estas cosas.
Y aquí
lo dejo. Las extravagancias, como casi todo, mejor en frasco pequeño. Otro día,
si ha lugar, ya os traeré algún otro tarrito de metafísicas inútiles. Sólo para
que, con un poco de suerte, al final de leerlas, se os haya quedado alguna
sonrisa dibujada en la cara.
Cuidarse.
Fiona L.
PD:
Incluso las mentes más preclaras descubren, al paso del tiempo, que aquello que
pensaron tras arduos, laboriosos y largos esfuerzos mentales,
contiene alguna sombra que, sin anular lo dicho, necesitaría ser aclarada.
Eso
les sucede a las mentes preclaras, que no es mi caso, y tras largas
reflexiones, que tampoco es el caso.
Pero al releerme a mí misma, sí que me he
dado cuenta de que quizá convenga matizar que el sufrimiento al que me refiero
para nuestro querido pincho de tortilla es un sufrimiento moral.
Porque los
sufrimientos físicos existen al margen de la consciencia… ¿O no? ¿O sí, pero
con matices? Bueno, vale ya, esto lo dejo para otro tarrito.
Frasquito quise
decir.
© Textos bajo el epígrafe “Fiona L.” y epígrafe todos los derechos reservados.
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